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San Francisco de Asís - Su Vida

En el centro de Italia en la Povincia de Umbria hay un llano muy grande que respira la paz de un hombre, un espíritu perfectamente libre y desencadenado que nació en el pequeño pueblo de Asís en el año 1182. El mundo lo conoce como un santo y poeta y un pequeño pobre hombre, Francisco de Asís. Aún hoy, al caminar por los campos de Umbria, la paz de San Francisco se filtra en tu alma y empiezas a creer que la alegría perfecta es posible hasta para hombres y mujeres modernas en los mismos términos en que Francisco la logró. La mayoría de la gente consideraría estos términos demasiado elevados, siendo que Francisco logró la paz y la alegría por medio de separación perfecta.

 

Cuando vió hacia atrás a la ciudad desde la cumbre de Monte Subasio, aún era bastante jóven a la edad de veintidós para creer que algún destino le esperaba que haría que esa bella ciudad estuviera orgullosa de él. Dónde y cuándo el llamado a ese destino lo esperaba, no lo sabía, pero su más profunda sospecha era que por fin respondería al llamado de caballerosidad que lo atormentaba noche y día y que se convertiría en un caballero. En eso era dónde su futuro se manifestaría.

Esa noche Francisco se daba vuelta en la cama, esforzando su mente, rogándole que se relajara, pidiendo poder dormir, persuadiendo su cuerpo suavemente, después violentamente para que se durmiera. Finalmente, cuando los primeros rayos de la mañana caían sobre su espalda, Francisco se durmió. Y entonces fue cuando tuvo ese sueño.

Fue conducido a un gran salón de un resplandeciente palacio, donde una radiante princesa-novia recibía en audiencia. Las paredes estaban cubiertas de escudos y trofeos ganados en batallas. Y cuando él preguntó en voz alta quién era el Señor del Castillo, una voz anunció: “Es la alta corte de Francisco Bernadone y sus seguidores.”

Cuando despertó Francisco, se resolvió a hacer su sueño una realidad, sabiendo que empezar era lo que importaba. Poco después salió de Asís con un corazón alegre para enlistarse en los ejercitos del papa del Capitán Normando Walter de Brienne que estaba ganando las batallas en nombre del Papa Inocente III.

Pero la vida de Francisco tomó otra vuelta. No más de un día de su viaje fuera de Asís, en Spoleto, tuvo otro sueño. “Francisco, ¿no es mejor servir al Señor que al servidor?” La voz continuó, “Regresa a casa, Francisco, y piensa de tu primera visión.”

Para Francisco el inesperado regreso de Spoleto fue la más terrible experiencia de su tierna edad. El absoluto desprecio de los ciudadanos de Asís lo llevó a un examen de su propio ser como nada más lo había hecho antes. El rumor de su supuesta cobardía corrió por la ciudad como fuego ventilado por el viento. Su padre, Pietro, andaba cabizbajo. Su madre, la Dama Pica, se afligía muchísimo por él y deseaba poder aliviar su secreto dolor, pero no sabía como.

Escuchar su propio corazón, cuando otros dicen algo contrario, es la prueba más difícil del espíritu. Rezaba como nunca había rezado antes. Durante estos largos meses Francisco iba a una pequeña cueva en una colina al otro lado de Monte Subasio y trataba de figurar que era lo que le pasaba. Fue allí, en la matriz de la montaña, que finalmente encontró paz en su corazón y el valor para ser un hombre. Fue allí donde fue renacido.

Luego vino la primera victoria de su nuevo corazón. Toda su vida se aterrorizaba cuando encontraba leprosos. Entonces un día en un camino cerca de Asís hizo una de esas cosas sorprendientes que sólo el poder del Espíritu de Jesús puede explicar. Extendió su mano y tocó a un leproso, un hombre por cuya mera vista le daba asco. Sintió debilidad en sus rodillas y temía que no iba a poder llegar al leproso parado frente a él. Temblando, echó sus brazos alrededor del cuello del leproso y besó su mejilla. Luego, como lo que sintió cuando primero empezó a caminar, estaba alegre y seguro. Bajó sus brazos y se sonrió con el leproso, y los ojos del hombre en torno sonrieron con él. En el silencio de sus miradas, ni uno ni el otro hombre bajó la vista, y Francisco se maravilló que los ojos del leproso eran hipnóticamente hermosos.

Supo que una prueba aún más grande le esperaba, una invitación a algo que ambos temía y veneraba. Mientras Francisco meditaba sobre estos pensamientos, se acercó a la pequeña y mal hecha iglesia de San Damiano. Se detuvo un momento, y luego entró. En lo alto, arriba del altar, vió un grande crucifijo Bizantino. Como si una fuerza interior lo impulsara, cayó de rodillas y empezó a orar intensamente. De repente, el rostro entero del Cristo pareció moverse, y Francisco tuvo miedo. Luego, como si viniera de algún lugar distante y sin embargo seguramente del crucifijo, una voz clara y resonante penetró el alma de Francisco. “Ahora ve, y repara mi casa, que como ves, se está cayendo.”

Al momento, nunca se le ocurrió a Francisco que Cristo le pedía algo más que la reparación de las iglesias que estaban cayendo en ruinas.  Salió de San Damiano y empezó a colectar las piedras para rehacer las iglesias que se estaban desmoronando.

La prueba más difícil de todas estaba por llegar pronto.  Sería el enfrentarse con su padre de fuerte espíritu y voluntad.  Por una parte, los dos eran igual, aferrados sobre lo que cada uno pensaba que importaba más en la vida.  Para Pietro era el poder e influencia y las satisfacciónes de los logros en el mundo de negocios e industria.  Para Francisco era la debilidad y pequeñezas y pobreza de espíritu que paradójicamante le daban poder e influencia y satisfacción de espíritu.  Un día Francisco andaba pidiendo limosna en las calles y la muchedumbre estaba excepcionalmente ruidosa en su abuso.  Pietro estaba lívido con vergüenza y angustia.  Corrió de su taller y arrastró a su hijo delante del obispo.  Fue entonces que Jesús le dió a Francisco el valor de enfrentarse a su padre.  Calmadamente, Francisco se despojó de sus vestiduras y, colocándolas reverentemente a los pies de su padre, declaró en voz fuerte: “He llamado a Pietro Bernadone mi padre . . .Ahora digo ‘Padre Nuestro que estás en en cielo’.”

  Fue en abril de 1207 que Francisco había abandonado a su padre y, saliendo de Asís en una túnica de obrero, puso su rostro hacia Gubbio.  El cielo de abril estaba claro y el sol brillaba fuerte; aún habia nieve en las aberturas de las montañas y el aire era fresco y fortaleciente.  Se sentía completamente libre y toda la naturaleza parecía pertenecer a él de nuevo.  Y tan lleno estaba de esta alegría que empezó a cantar, un canto de los trovadores de Provence;  “¡Soy el heraldo del Gran Rey!”

Y luego vinieron las tentaciones.  La tentación más grande fue tenerse lástima el mismo y preguntarse porqué a nadie de verdad le importaba lo que él hacía.  Cuando Bernardo de Quintavalle y los otros vienen a él, Francisco se regocijó que su viaje no había terminado cuando el Espíritu tomó cargo de su vida, sino que un nuevo y más emocionante viaje había empezado.  Tres veces se les dijo que dejaran todo y siguieran a Cristo.  Y fue con gran alegría que siguieron a su Maestro.  Francisco siempre recordó nostálgicamente los primeros días de su fraternidad.  En esos días los hermanos se reunían todos en una sola pocilga durante el calor del verano hasta el frío y húmedo otoño.  Eran tiempos muy alegres.  Estaban tan apretados en el albergue que Francisco tuvo que marcar los límites en el techo.  Esa fue la luna de miel de su matrimonio con la Dama Pobreza y la fraternidad nunca más recobró el éxtasis de esos días.

Todos se dieron cuenta que las lunas de miel no duran para siempre.  No era que sintiera la necesidad de estructura alrededor de él, pero Francisco sí quería alguna clase de autorización oficial para su modo de vivir en pobreza y alguna protección eclesiástica para sus hermanos.  Existían grupos de reformistas y fanáticos recorriendo los campos que llevaban a la gente ciegamente por caminos de entusiasmo herético.  La única fuente de certeza para Francisco era la Iglesia de Cristo personificada en el Papa.  Para Francisco, la palabra de aprobación papal fuera la aprobación misma de Cristo de la interpretación de Francisco del Evangelio.  De modo que Francisco y unos cuantos de sus hermanos salieron de Rivotorto en una caminata larga hacia Roma.  Inocente III presintió la sinceridad y fidelidad de Francisco.  Mientras que Francisco lentamente y deliberadamente explicó su sueño, el Papa tenía sus ojos llorosos.  Se levantó de su trono el Papa y abrazó a Francisco.

Sencillamente y humildemente proclamó para que todos oyeran:  “Vayan con Dios, hermanos pequeños, y anuncien la salvación para todos según el Señor se las revela a ustedes.  Y cuando el Todopoderoso haya multiplicado sus números, regresen a mi y yo les encargaré una gran herencia.”

Ser apóstol es ser peregrino y desconocido en este mundo.  De eso Francisco estaba seguro.  El y sus hermanos habían sido enviados por Cristo y por Inocente, su vicario en el mundo, a predicar la Buena Nueva de Jesús.  Y fue este viaje siempre adelante que, por los años, había sido su principal fuente de unidad.

El llamado de la misión de extender el Evangelio fue la médula de las vocaciones de los Hermanos Menores.  Francisco mismo le rogó a Jesús que aceptara su propio sufrimiento como parte del martirio de sus hermanos, porque la corona del martirio era parte del sueño de Francisco.  Pero la Dama Pobreza lo había despojado aún de ese orgullo.  Iba a ser el Pobre Pequeño Hombre, hasta entre los santos de Dios.

La ternura del Niño Jesús había llevado a Francisco a construir el pesebre en Greccio en esa noche de Navidad de 1223.  Ahora el siguiente año, el rostro sufriente de Cristo, que se había imprimido profundamente en su mente desde ese día en San Damiano, lo llevó en su viaje a La Verna.  Francisco había pedido en temor y temblando que Cristo le permitiera experimentar y compartir algo de su sufrimiento en la cruz.  Su deseo se le cumplió de una manera inconcebible cuando el Señor le imprimió en sus manos, pies y costado las señales de su santa Pasión.  Un sentido casi insoportable de paz lo había abrumado, como si su vida entera hubiera empezado y terminado.

Después de eso, sólo un corto tiempo quedada para Francisco en este mundo.  Trató de mantenerse alegre durante estos últimos días de su agonía.  Casi ciego y quebrantado por enfermedad, debilitado por su ayuno y penitencia, sin embargo entonó por la última vez el himno que había rezado al Señor:

Omnipotente, altísimo, bondadoso Señor,
tuyas son la alabanza, la gloria y el honor;
tan sólo tú eres digno de toda bendición,
y nunca es digno el hombre de hacer de ti mención.
Loado seas por toda criatura, mi Señor,
y en especial loado por el hermano sol,
que alumbra, y abre el día, y es bello en su esplendor, y lleva por los cielos noticia de su autor. Y por la hermana luna, de blanca luz menor,
y las estrellas claras, que tu poder creó,
tan limpias, tan hermosas, tan vivas como son, y brillan en los cielos: ¡loado, mi Señor!             
Y por la hermana tierra, que es toda bendición, la hermana madre tierra, que da en toda ocasión las hierbas y los frutos y flores de color, y nos sustenta y rige: ¡loado, mi Señor!
Loado seas por toda criatura, mi Señor,
y en especial loado por el hermano sol,
que alumbra, y abre el día, que alumbra, y abre el día, que alumbra, y abre el día.

Mientras estaba tendido en su lecho de muerte, de repente Francisco fue estremecido de su ensueño.  Repasó los borrosos rostros de sus hermanos, uno por uno, amándolos con su ceguera como lo había hecho con sus ojos.  Ahora mientras estaba recostado en el suelo frío, la alegría final corrió por su cuerpo entero.  Moriría como Jesús: pobre, y vestido sólo con un hábito prestado.

Los hermanos todos estaban llorando y rezando en voz alta, pero Francisco ni los veía ni los escuchaba.  Sus ojos ciegos estaban paralizados, viendo al hombre del sueño acercarse.  Y el Señor se inclinó a Francisco y él se murió, una sonrisa radiante en su rostro.

Texto con adaptaciones pequeñas de:

Francisco – El Viaje y el Sueño,

por Murray Bodo, OFM
Prensa St. Anthony Messenger
Cincinnati, 1972
Impreso con permiso de la Editorial

*Traducción – Fray Jesús Grajeda, OFM Conv.

 

 


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